Con todos mis respetos a unos , a otros y a ambos. Nada más lejos de mi intención el querer herir sensibilidades. El título hace referencia a una coletilla que se suele usar por estos lares. Cuando te sientes herido, el amigo lleno de consejos (que siempre es el mismo) te larga una suerte de parábola de su experiencia al uso, aderezada con miles de exageraciones, y acaba diciéndote “yo? prefiero que me llamen hijo de puta a que me llamen tonto”.

Y es que está demasiado arraigada la creencia de que todos los buenos son en realidad tontos y que para sobrevivir -hablamos a fin de cuentas de instintos animales- hay que ser verdaderamente malo, esto es, ser  un hijo de… Y así van las cosas, claro.

Hay ocasiones en las que me tienta ese lado oscuro que nada tiene que ver con las nigromancias hasta pacíficas a las que recurro. El ser hijo de puta puede tener sus ventajas. La letra pequeña nos dice que el uso abusivo de tal condición puede volvernos indeseables. ¿Y qué es de uno de ellos cuando no encuentra nadie sobre quien afirmar su status? Desaparece. Y lo hace de la forma más estrepitosa posible. Y además delante de sus víctimas.

No soy un pedazo de pan tampoco. Suelo decir que me circunscribo a mis pequeño pero potente radio de personas a las que quiero y que uso la táctica del “no hagas el mal que no desees para ti”.  Entiendo que de este tema salen muchos, muchos hilos sobre los que discutir. No es el caso.

No me sale ser malo, ni buscar el mal de los demás, pese a que en ocasiones el primer impulso sea ver como cae un trozo de asteroide ardiendo sobre el ofensor. O lanzarle un juramento, o peor. Pero nada más allá de ahí. Cuando me hacen daño es peor la sensación de dejarme llevar por el desasosiego que la propia ofensa en sí. Y eso he de dominarlo. Creo que es una buena táctica que no se debería desaprovechar.

Hace poco menos de una semana tuve la experiencia. He esperado a que se enfríe mi nigrocorazoncito para opinar(os) sobre ello.  Mi ofensor fué alguien que apenas me conoce pero la carga fue tremenda y las implicaciones muchas. Pensé devolver el gancho, cosa que nunca me sale en caliente. Luego me dí cuenta de que me había topado con uno de esos que prefieren atacar para que los demás no lo tomen tonto. Veo inseguridad, veo algo de desequilibrio en esta persona. Siento lástima con el transcurso de los días. Siento pena por el título de este artículo. Seguiré siendo bueno, aunque no sobreviva.

Fish.

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